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Los desvelos de un soñador. Benigno de la Vega-Inclán y la Casa y Museo del Greco

Por Pilar Rubiales Fuentes (conservadora del Museo del Greco)

Publicado el 14 de noviembre del 2020

Carta de Vega-Inclán a Sorolla Pulse para ampliar Carta de Vega-Inclán a Sorolla

“Todo lo que sé y todo lo que valgo y todo lo que tengo”

Sobrados son los estudios sobre el II marqués de la Vega-Inclán y la creación de la Casa y Museo del Greco y, por ello, esta vez no queremos hacer otro relato más de lo que su creación supuso. En esta ocasión queremos dar un paseo emocional de la mano de don Benigno, acompañarle en esa aventura en la que se embarcó a comienzos del siglo XX y que jamás sospechó que le llevaría a un camino tan lleno de luces, sí, pero sobre todo de tantas sombras, el que fue su proyecto de vida pero también su ruina. Muchos fueron los sinsabores que le ocasionó la puesta en funcionamiento del que sería su primer y gran proyecto: la Casa y Museo del Greco. El objeto de este artículo es recorrer las alegrías y las penas en que se vio inmerso. Para ello recurrimos a lo que otros dijeron de él y de su obra, especialmente a sus cartas, donde se abandonan los formalismos de los grandes discursos y las solemnes palabras dedicadas al ámbito público, para sumergirnos en sus más sinceros pensamientos, aquellos que transmitía a sus más íntimos amigos, aquellos en que un pedazo de él quedó reflejado en papel, las cartas donde desnudó su alma y dijo aquello que no podía decir, todo aquello que estaba prohibido a una personalidad pública y a un hombre de la época. Su sueño y su derrota, el proyecto de los cien disgustos y desvelos, la “eterna cabronada” de Toledo.

Un canalla encantador

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Un jovencísimo Benigno, detrás con barba, junto a unos amigos en una representación teatral. Un jovencísimo Benigno, detrás con barba, junto a unos amigos en una representación teatral.

Para describir a Benigno de la Vega-Inclán, qué mejor que hacerlo a través de las palabras de Javier Moreno Luzón, que en apenas dos líneas sintetizó el complejo retrato de un hombre sin par:

“Militar y aristócrata de familia monárquica, pintor aficionado y marchante de arte, viajero inagotable y hombre bien conectado con numerosas personalidades en la España de comienzos de Novecientos, en la que desempeñó cargos parlamentarios y misiones gubernamentales. Un tipo simpático y entusiasta, un tanto estrafalario y calavera, que caía en gracia a quienes lo frecuentaban y estimaban su labor.”

“Un generoso pionero, un visionario, un mecenas atípico” son algunos de los adjetivos que le han dedicado. Hombre de personalidad arrolladora y carismático, escritor mediocre para algunos pero fecundo como ninguno. Académico de las Reales de la Historia y San Fernando, erudito y arqueólogo, bibliófilo y anticuario, diplomático, restaurador de monumentos y precursor de la ecología. Regeneracionista convencido, defensor del progreso, hombre comprometido socialmente. Desde muy pronto muestra vocación artística y con trece años ingresa en la Escuela de Bellas Artes de Madrid donde es alumno de Carlos Ribera, Luis de Madrazo y Carlos de Haes, formación que siempre llevó a gala. Durante su residencia en París y Londres se impregnó de las nuevas tendencias artísticas y conoció el mundo del coleccionismo, lo que le llevó a implicarse en muy diversos proyectos, así como a disfrutar de una juventud bohemia con lo más granado de la época.

Siguió la carrera de armas, quizá más por rutina familiar que por vocación. De él decía Julio Puyol y Alonso, en su discurso de contestación al que el Marqués pronunció con ocasión de su ingreso en la Real Academia de la Historia, que durante el caminar de sus regimientos:

“estaba más pendiente de contemplar edificios, paisajes o costumbres que de la cuestión castrense. No hallaba tanto interés en la marcha e incidentes de la campaña, como en la contemplación del pórtico románico de una iglesia que encontraba al paso; del castillo roquero […] o de la procesión rogativa con que humildes labradores pedían al cielo la lluvia para sus campos.”

Vivía con modestia en un piso de alquiler en Madrid. Nunca anduvo muy sobrado de dinero, lo que confiere un mérito mayor a la gran actividad desplegada con tan escasos recursos, de los que siempre hubo de echar mano para acometer tan altos vuelos; recursos que procedían de su sueldo de militar retirado y de una escasa herencia familiar. Fue habitual en él hipotecar y rehipotecar algunos bienes para poder llevar adelante sus proyectos. Y para mantener su nivel de vida y poder adquirir continuamente obras de arte y edificios que rehabilita o reconstruye, cuenta con los recursos obtenidos como marchante artístico de los que jamás disfrutó en beneficio propio. Es lícito mencionar cómo, además, mientras desempeñó el cargo de Comisario Regio de Turismo, nunca percibió emolumentos. Sus posesiones más valiosas las legó todas al Estado.

Nunca estuvo muy preocupado por su indumentaria y por las modas. Era sonado su elegante desaliño, tanto que -según Gregorio Marañón- sólo se le conoció un sombrero, con tantas manchas y desperfectos que verlo sobre una mesa (y esto ocurría muchas veces hasta en el Palacio Real) parecía más bien una boina olvidada por cualquier obrero. Pero luego, al verlo sobre su cabeza, adquiría la gracia de un chambergo, tan natural que nadie la hubiera podido imitar. Destacaba también su impaciencia pues “nunca esperaba”, y libre de obligaciones familiares o profesionales, “e importándole muy poco las económicas” se concentraba en lo que le ilusionaba cada momento, para realizarlo sin concesiones al descanso. “Sencillo sin afectación, culto sin pedantería, ameno y gracioso con sus amigos, de genio fogoso y a ratos arisco […]”, decía de él Julio Romano en el ABC de Sevilla al año de su fallecimiento. El propio Marqués, en su discurso con motivo del ingreso en la Academia de la Historia, les dice a los miembros de la docta corporación que lo que su carácter exigiría en esos momentos era saludar y marchar a coger el tren, en el que pasa más de la mitad del año; hecho que demuestran sus múltiples cartas, cada una enviada desde un origen distinto, no sólo en España sino fuera de las fronteras y allende los mares, por donde va fundando sus múltiples empresas.

Marañón dijo de él que fue “el maestro libre que todo lo aprendió en la vida a fuerza de amarla con pasión” y Giner de los Ríos lo definía como “un hombre de fina sensibilidad que trabajó para conseguir que los poderes públicos en la época de la monarquía, se interesasen por el arte y el folclore español […] sin caer nunca en la ‘España de pandereta’”.

Cossío, el Greco y Benigno

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“...vengan Grecos me pide vd. Ahí van Grecos...”

Carta de Vega-Inclán a Cossío desde Sevilla el 27 de enero de 1902.

Si bien el Greco tuvo un reconocido prestigio en vida, cayó en el olvido tras su muerte. Su estrella comienza a recuperar su luz a mediados del siglo XIX aunque siempre con menor fulgor que las de Velázquez, Murillo, Ribera y Zurbarán. Será con la caída del impresionismo cuando resurja el asombro por el Greco y su libertad creativa. En torno a 1900, este reconocimiento se acentúa: le erigen un monumento en Sitges, el Museo del Prado le dedica su primera exposición temporal (aunque aún tardaría 18 años en dedicarle una sala en la exposición permanente) y, a partir de entonces, la presión del mercado y la atención de museos y coleccionistas conducen a una dispersión muy importante de su obra. Asimismo, se llevó a cabo su decidida incorporación a la historia de la pintura española y aunque proliferaron los estudios sobre el pintor, no existía en 1908 ninguna publicación que abordara de manera integral el estudio del pintor, ordenando los conocimientos acumulados hasta entonces, sometiéndolos a crítica y estableciendo un catálogo razonado de sus obras. Es entonces cuando aparece la tan aplaudida monografía firmada por Manuel Bartolomé Cossío, para cuya elaboración fue indiscutible la colaboración de Vega-Inclán.

Un joven Benigno había dejado ya a un lado su carrera militar y comenzó su trayectoria como marchante de arte, tan en boga en la sociedad finisecular. Su olfato se forjó junto a su padre, quien buscaba para Cánovas del Castillo manuscritos y libros antiguos en las islas mientras fue Gobernador militar de Baleares. Entre París, Madrid y Andalucía empieza a tejer una amplia red de contactos que le tienen al tanto de las posibles ventas y compras de los tan perseguidos maestros del Siglo de Oro. Junto a Ricardo Madrazo fue uno de los mayores marchantes de arte del momento. Sus contactos y viajes le convertían en intermediario imprescindible, centrando su actividad en la pintura de los grandes maestros, exhibidos a través de las grandes exposiciones antológicas celebradas en esos años y que fueron el escaparate previo a las ventas: el Greco, Velázquez, Goya, Murillo, Zurbarán, etc. Desarrolló su actividad fundamentalmente entre 1900 y 1920, pero nunca dejará de vender obras. Vega-Inclán tratará con casi todos los marchantes del momento y también con los coleccionistas europeos y norteamericanos más relevantes y a todos les ofrecerá las obras que guardaba en París, en las estancias que alquilaba por largas temporadas, o bien les localizará lo que buscaban en España. Curiosamente, Vega-Inclán jamás amasó una fortuna con la compra-venta de arte, pues todos sus ingresos los invirtió al tiempo en sus fundaciones y en difundir la riqueza cultural española.

En este ambiente se codea con los integrantes de la Institución Libre de Enseñanza (en adelante ILE) donde conocerá a Manuel Bartolomé Cossío. Será a través del historiador cuando Vega-Inclán tome contacto con ese ambiente de reivindicación grequiano, postulado que convierte al griego en depositario de todos los valores del alma castellana y del espíritu nacional. De ese momento data el interés del Marqués por el Greco. Comienza a acompañar al llamado “Grupo de Toledo” en sus paseos y discusiones que buscan los escondidos, y durante tanto tiempo despreciados, Grecos. Se tiene constancia de que ya en 1899 estaba desplegada la avanzadilla de tan peculiar ejército de rastreadores artísticos, con Beruete a la cabeza, quien ya por entonces informa a Cossío sobre los cuadros del cretense que están en Londres, París y otras ciudades europeas. Es así como Cossío ejerció sobre él una influencia que reorientó su actividad desde el comercio hacia el mecenazgo, contagiándole el entusiasmo por el arte, no como negocio sino como vida entregada.

En el verano de 1900, Benigno se encuentra en París, donde reside buena parte del año, volcado en la venta de obras de arte. Es en este momento cuando recibe el encargo de Cossío de localizar la producción del Greco dispersa por España. Benigno se suma así a Beruete como buscador de Grecos para los estudios de Cossío, quien le califica como “diligentísimo escudriñador de pinturas”, convirtiéndose por su formación, temperamento y contactos en insustituible para localizar obras del pintor en España, centrando sus pesquisas sobre todo en Andalucía (donde se desenvolvía con soltura entre los coleccionistas, aristócratas y círculos artísticos que le abrieron las puertas de las colecciones de la nobleza andaluza), Toledo y Madrid. Se hacía acompañar del reputado fotógrafo Mariano Moreno, que documentaba sus hallazgos y enviaba fotos a Cossío para sus investigaciones, y a los posibles compradores de los lienzos recién descubiertos. Logra de esta forma consolidarse internacionalmente como uno de los escasos expertos en el Greco en un momento en que la fuerte demanda obliga a los marchantes internacionales a buscar asesoramiento.

La estrecha ligazón del Marqués con la monografía de Cossío le lleva a reconducir su errática trayectoria vital en un momento de gran desorientación, entregándose con vehemencia al cumplimiento del encargo, haciendo del Greco su vida. Tanto es así que la impresión que el Greco le había causado le lleva a realizar compulsivamente copias de sus pinturas. Se forjó así una amistad entre historiador y “sabueso” que habría de durar muchos años, aún con sus idas y venidas como veremos más adelante. Si Cossío lo llamaba “uno de los más apasionados e inteligentes ´grecófilos´, mi amigo el señor marqués de Vega-Inclán”, éste se refería a Cossío como “nuestro Greco

El Greco y Toledo. El dúo patrio

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Este redescubrimiento del pintor hacia 1900 corre paralelo al nacimiento de la moderna nación española en el marco del regeneracionismo liberal que, tras el desastre colonial de 1898, impulsó un amplio abanico de reformas en educación, ciencia, legislación social y, por supuesto, en políticas culturales. Los proyectos embebidos por el espíritu de la ILE contaron con el beneplácito del joven Alfonso XIII, comprometido con la modernización de España. Entre los puentes que se tendieron entre unos y otros, Vega-Inclán fue el gran mediador; el rey vio en su persona y sus futuros proyectos la fuerza propagandística que necesitaba para revitalizar el sentimiento nacional a través del arte tras el desastre noventayochista. Ese reformismo regeneracionista implicaba la búsqueda de las esencias nacionales y de ejemplos del pasado que sirvieran de inspiración patriótica. Para la ILE había que rastrear el alma de España en Castilla, sintetizada en Toledo. Según Cossío, esta ciudad ofrecía “el resumen más perfecto, más brillante y más sugestivo de la historia patria”.

Toledo y el Greco formaron el dúo perfecto en la buscada imagen de lo auténticamente español. Es así como se da la conversión del pintor en mito de la cultura hispana, a cuyo descubrimiento precederán los de Velázquez y Goya, consolidando así la tríada de los genios de la escuela española. Las excursiones de la ILE a Toledo centraban su experiencia en la contemplación de los Grecos ya que, a su juicio, el pintor había captado como nadie ese espíritu hispánico al igual que Cervantes hizo en la literatura. Confluían así dos fuertes caracteres: la ciudad castellana y el genio cretense.

Pero, ¿por qué un pintor griego habría de ser adalid para la creación de una identidad nacional española? Desde muy pronto, Cossío expresó su convencimiento de la relación íntima entre el arte y el lugar donde se produce, idea muy extendida en Europa:

“[…] pertenecen a la pintura española todas aquellas obras que lleven impreso el sello nacional, que muestren los rasgos distintivos y peculiares del genio del país […]. Por esto, la condición indispensable para dar carta de naturaleza de pintor español no es la de haber nacido o pintado en España, sino la de mostrar en sus producciones el carácter patrio. Razón por la que se considera al Greco no sólo como pintor español sino como uno de los pilares sobre los que la escuela española asentó su personalidad.”

El Marqués participó en la rehabilitación y difusión de la ciudad, tenida como museo en sí y a la que viajó innumerables veces, como del pintor cretense de forma tan contradictoria como efectiva. Creará una Casa-Museo en su honor a la par que contribuirá a la venta de sus lienzos fuera de España; trabajó con Cossío tanto en la documentación de obras del Greco para su monografía como en campañas contra la huida de tesoros. Este doble rasero ha provocado muchas veces que se pusiera al Marqués en el punto de mira como causante del expolio de Grecos y oportunista, juicios simplistas desde la cómoda perspectiva del siglo XXI.

Además, con la subida al trono de Alfonso XIII se manifiesta una clara voluntad por estimular y encauzar el flujo de visitantes que de manera irregular acuden a nuestro país. Dentro del regeneracionismo que vive la nación, ciertos miembros del entorno regio, entre los que se cuentan el Marqués y su buen amigo el conde de Benalúa, percibirán el turismo como una posibilidad llena de futuro para avanzar hacia la ansiada revitalización de la economía nacional. No obstante, las influencias políticas del Marqués no le evitaron el desengaño de ver cómo las élites no comprendían las posibilidades del entonces prácticamente inexistente turismo. A pesar de ello, de su mano se desarrollará el turismo en España, apareciendo por primera vez el turismo cultural, especialmente en Toledo y con el Greco como principal atractivo.

La "cabronada de Toledo": la Casa y Museo del Greco

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Benigno, fiel colaborador, fue testigo de los avances en la producción monográfica de su amigo Cossío, absolutamente fascinado por todo cuanto el historiador iba descubriendo.

“Sucede entonces que en pequeña reunión, el Sr.Cossío da lectura (en la que dicen los asistentes que la voz, el gesto y la persona toda vibraban comunicando emociones inolvidables leyendo) a un capítulo de la obra que sobre el Greco prepara y en él apunta con suma prudencia sus atisbos y averiguaciones referentes a la casa en que vivió el pintor durante su larga estancia en Toledo. Señala como su lugar uno de los barrios más ruinosos de la ciudad, pero de los que mayor interés artístico ofrecen: aquellas casas y terrenos del paseo del Tránsito.”

(Vicente Traver, 1965, en la biografía más cariñosa que a Benigno se le ha dedicado.)

Cossío señaló la posible morada del Greco gracias a las averiguaciones de Manuel González Simancas, Secretario de la Comisión Provincial de Monumentos de Toledo, en enero de 1903. Ambos señalan como posibilidad más que viable el inmueble que posteriormente comprará el Marqués. Tras recorrer detenidamente el entorno de la Sinagoga del Tránsito deduce por eliminación cuál pudo ser la casa, aunque erróneamente, ya que no toma en consideración las transformaciones sufridas por la zona desde que viviera allí el pintor, como fue la construcción del Paseo del Tránsito a mediados del siglo XIX, que obligó a demoler un buen número de viviendas. Sería precisamente en esta franja arrasada donde según todos los indicios se encontraba la casa ocupada por el Greco. No había concluido sus pesquisas González Simancas cuando se extiende entre los toledanos la noticia del hallazgo de la Casa del Greco, nombre con el que es inmediatamente bautizada. Aún va más lejos la fantasía popular, al hacer coincidir su emplazamiento con los sótanos del Palacio de Samuel Ha Leví y las casas del Marqués de Villena. A pesar de amenazar ruina y de estar habitada comenzó a ser visitada nada más localizarse.

Ulpiano Checa y compañeros en el patio de la casa 1898 Pulse para ampliar Ulpiano Checa y compañeros en el patio de la casa 1898
Ulpiano Checa y compañeros en las escaleras de entrada al patio 1898 Pulse para ampliar Ulpiano Checa y compañeros en las escaleras de entrada al patio 1898
Foto del patio tomada por José Lacoste y Borde entre 1900 y 1905 Pulse para ampliar Foto del patio tomada por Ruiz Vernacci entre 1900 y 1905
Foto de los niños de la casa tomada por Arcimís en 1904 Pulse para ampliar Foto de los niños de la casa tomada por Arcimís en 1904
Foto de los niños de la casa tomada por Arcimís en 1905 Pulse para ampliar Foto de los niños de la casa tomada por Arcimís en 1905
Foto del patio tomada por Mariano Moreno en 1905 Pulse para ampliar Foto del patio tomada por Mariano Moreno en 1905

Vega-Inclán, presente en la lectura, fue testigo de tamaño descubrimiento del que quedó prendado. En una visita a su hermano en Toledo, a finales de agosto de 1905, conoce la intención del Consistorio de demoler el edificio que las investigaciones de Cossío señalaron como posible residencia del cretense. El estupor que debió causarle la noticia fue tal que su reacción no se hizo esperar, convirtiéndose tan solo ocho días más tarde en el nuevo propietario. Raudo escribe a su mentor el 5 de septiembre de 1905:

“[…] la demolición de la morada del Greco que Vd. descubrió. Toda mi escasa cordura y temor de aventuras se fue ante la idea de que lo que aún estaba en pie se convertiría en solar borrándose y desapareciendo lo que ¡tan milagrosa y trabajosamente había Vd. hallado! Total que en ocho días de dimes y dudas quedó zanjado el asunto y firmada escritura pasando a mis manos la Casa del Greco-y claro que a las de Vd. cuanto esté habitable!!!-aunque esto será lo más gordo. Ya se ha hecho Vd. cargo de la empresa en que me he metido. […]El estado ruinoso de la Casa y las dificultades y gastos de su restauración (dado además mi hostilidad contra las restauraciones me ponen en mil aprietos y desmayo en momentos de acabar mi empresa). Anímeme Vd. en tanto que me da su consejo y ayuda.”

De esta forma su vida da un vuelco y lo que había de ser una visita fugaz a su hermano, se convirtió en una cruel broma del destino; Toledo y el Greco le habían atrapado de por vida. Jamás hubo de sospechar el Marqués las consecuencias y los disgustos que le depararía tal espontánea decisión. Captó con su intuición cuánto aquel descubrimiento representaba, su imaginación le hizo ver la singular creación que del ambiente y materiales toledanos podía conseguirse y su actividad arrolladora le impulsa a poner en ejecución cuanto antes la obra, que iba a ser su consagración en el mundo artístico. Ebrio por la emoción, dirige todas sus energías a la creación de la Casa del Greco, trabajo que le reportará la admiración y el respaldo del que hasta entonces carecía.

El Marqués se asoma divertido por una puerta del patio Pulse para ampliar El Marqués se asoma divertido por una puerta del patio

Con la compra sanciona la aceptación popular del hallazgo de Cossío. Al margen quedan otras matizaciones que poco interesaban si ello suponía cuestionar la veracidad de la atribución. El Marqués adquiere la ruinosa casa un 2 de septiembre de 1905 por mil pesetas, pagadas al contado. Días después acabaría desplomándose parte de la casa, pero ya tenía el nuevo propietario bien grabada en su retina y en una fotografía que encargó, la imagen anterior al derrumbe, lo que facilitó la devolución al edificio de su anterior fisonomía. Mayor fue el desembolso que tuvo que hacer para adquirir otra casa recién construida en los futuros jardines bajos por la Sociedad Siglo XX, a quien abona dos mil cien pesetas. Entrañable es la fotografía tomada ese mismo año donde aparece el flamante propietario asomando tras uno de los pilares del patio con una sonrisa de complicidad por la pieza recién cobrada y que envía rápidamente a su amigo Joaquín Sorolla haciéndole partícipe de su júbilo. Era habitual la compra a bajo precio de antiguos edificios en mal estado, heridos por la desamortización o por la incuria de los propietarios, para surtirse de materiales de calidad para otros edificios de nueva construcción y de ahí que sorprendiera entonces la decisión de Vega-Inclán de comprar y restaurar la Casa del Greco cuando en la localidad, al igual que en el resto del país, lo habitual era hacer todo lo contrario.

Continúan las compras toledanas el 2 de junio de 1906 con la adquisición de una “finca de 1374 m2, solar y bóvedas bastante derruidas conocidas por solar del Palacio del marqués de Villena” según la descripción que consta en la escritura notarial, por mil quinientas pesetas, y aún le añade la compra de otra finca por la espalda, de forma que queda propietario de todo aquel conjunto de ruinas, evocador de las casas del famoso tesorero del rey Pedro I, Samuel Ha Leví. Se pone seguidamente el Marqués manos a la obra junto al arquitecto Eladio Laredo, llevándolo todo con rapidez de manera que al cabo de dos años se terminan los trabajos y las obras de construcción y acondicionamiento de la Casa, tras los cuales el edificio resultante se tasa en cien mil pesetas, multiplicándose el precio pagado por su compra en 1905.

Con el nuevo centro pretende dotar a Toledo de un museo nacional del que carecía, donde revalorizar y dar a conocer al gran público el punto en el que se hallaban los conocimientos sobre la escuela española de pintura. Pretende divulgar la revalorización del pintor más allá de los ambientes cultos o iniciados, para lo cual elige un nuevo formato museístico inexistente en nuestro país, quedando fijado en la Casa del Greco el prototipo de los “museos de ambiente” o “casas-museo”. Quería que la casa adquiriese vida, que no fuera sólo el recuerdo de un pasado, sino el testimonio real de la época que sólo las obras del artista inmortal podrían aportar, logrando así acuñar una novedosa fórmula donde armoniza los avances científicos relativos al pintor con el ideario educativo de la ILE. Se trataba de recrear el ambiente del Siglo de Oro en estancias donde brillaba el gusto de la ILE por las artes populares, los muebles, la azulejería, la cerámica, las telas o las rejas, con un jardín acorde, algo novedoso en la España del momento, que rompía con el tipo de museo-almacén que el Marqués consideraba frío e incapaz de transmitir emociones. La Casa del Greco pretendía emocionar al visitante, comunicarle el misterio de los personajes que allí habían vivido y enseñarle historia, una estrategia tardorromántica para atrapar y transmitir el Volkgeist nacional, un santuario dedicado a las glorias de la patria.

La Casa del Greco no nace como la gran mayoría de los museos españoles, para custodiar una colección a la que habrá de dotar de ideas y un discurso, sino para custodiar una idea, a la que se añadirá una colección y a la que habrá que dotar de espacios. Gestada la Casa del Greco en 1907, el proyecto grequiano va creciendo en la imaginación del Marqués y alimentando su ambición, llevándole a crear un museo monográfico dedicado a la exhibición de la pintura del Greco, lo que era para Benigno:

“Una obra precursora que había de constituir un punto de partida ejemplar para sacudir la indiferencia y la miseria espiritual por la que hoy se desmorona y yace una gran parte de nuestra riqueza monumental. Ojalá también atraiga muchedumbres que acudan a rendir homenaje al Greco y a la cultura Patria.”

Sin embargo, es ahora, con la Casa del Greco recién creada, cuando Benigno vive uno de los momentos más amargos de toda su vida. El rigor científico de Cossío le lleva a sugerirle que, en el umbral de la casa, junto a las palabras “Casa del Greco” ponga un interrogante, alusivo a las dudas, más que razonables, que a esas alturas le planteaba tal atribución, preocupándole el engaño que suponía afirmar que en aquel lugar se situaba la verdadera morada del maestro. La mera propuesta ofende tremendamente al Marqués quien, desgarrado por ver caer al vacío todo su esfuerzo, escribe inmediatamente a Cossío en su carta más desoladora, donde vemos a un Benigno totalmente abatido dedicándole muy duras palabras a quien es su figura más idolatrada:

“Sigo confuso y pesaroso al no compartir […] el que Vd. (que nos trajo las gallinas) estampe un signo de desconfianza porque en arte el signo ¿ fatalmente es y todos leemos duda, desconfianza, cuando no alerta o negación disimulada. Claro es que Vd. no puede ni debe afirmar, pero sí creer o no creer. Y usted cree y ha cimentado la casa del Greco con sus admirables investigaciones, [..] ¡a qué entonces ese signo de duda que hará dudar al creyente y alimentará la fiera del escepticismo envidia e indiferencia nacional! Yo bien sé que en el texto del libro dirá Vd. lo que deba decir, pero en la síntesis gráfica de la Casa del Greco usted enturbia y arroja una sombra. […] Lo que es hoy un homenaje y mañana un culto consagrado porque ni es fácil que Vd. encuentre otra casa del Greco, ni todos los días salen locos que pongan sus fuerzas y todo su espíritu al servicio de una idea y un afán tan espiritual y nobilísimo, como el que Vd. y nada más que Vd. supo infundirme mi querido amigo. Sabe usted el envanecimiento y tranquilidad con que yo seguía y hubiera seguido en medio de borrascas y dificultades que todo el mundo ignora; pero hoy, al no sentirme empujado y sostenido por Vd., hoy siento gran descorazonamiento y mientras no descuelgue Vd. de la Casa del Greco ese signo injusto y peligroso veré esta casa con disgusto y yo me consideraré un impostor y toda mi labor como la de un invento mentecato.”

(Toledo, 14 de enero de 1907.)

José Vega-Inclán, Maria Belén López-Cepero, Benigno Vega-Inclán, Carmen López Viqueira y Bartolomé Cossío en el Museo Pulse para ampliar José Vega-Inclán, Maria Belén López-Cepero, Benigno Vega-Inclán, Carmen López Viqueira y Bartolomé Cossío en el Museo

Estamos ante el crudo testimonio de quien necesita el respaldo de su mentor intelectual para proseguir con su trabajo, que ahora ve por los suelos ante la trascendencia concedida a la cuestión de la autenticidad de la vivienda. Le plantea la discusión sobre qué punto resulta más beneficioso, si hacer prevalecer la duda científica o la particular cruzada de divulgación del pintor en la que se hallan inmersos. Como buen intelectual librepensador, comprendió las ventajas de mostrar la obra del cretense de forma didáctica y pedagógica en las salas de un museo, evitando que la circunstancia invalide la trascendencia que tuvo haber conseguido recuperar y hacer visitable el inmueble en un contexto social y político donde la sensibilidad hacia la preservación del patrimonio artístico español aún era muy escasa. Es así como finalmente Benigno obtiene el respaldo incondicional de Cossío, quien alabará con sinceridad sus esfuerzos por hacer en el edificio “la verdadera Casa del Greco en Toledo siendo uno de los pocos ejemplos de cultura que aquí se dan frente a tanta miseria espiritual, tanta indiferencia, tanta vulgaridad y tanto vandalismo”.

Sobre ello escribió años después Cossío en el prólogo del libro de Francisco de Borja San Román en el que trataba con rigor histórico la cuestión:

“Prueban hoy los contratos de arriendo que donde el Greco vivió fue seguramente en las casas principales del Marqués de Villena; pero de ellas no queda resto alguno, y sus mismos terrenos son hoy plaza pública. Y como al lado suyo, lo más próximo, precisamente sobre los mismos solares que Toledo viene llamando, hace siglos “de Villena”, se alza esa “Casa del Greco”, tan rápidamente adoptada, resulta que, lejos de perder ésta una autenticidad que no tenía, gana, por el contrario, ahora, toda la posible y más probada ejecutoria, al saberse de cierto que no hay hoy ya otra que pueda disputarle la vecindad y el íntimo parentesco con aquellas desaparecidas casa principales del rico magnate. Este hogar burgués de otros tiempos, resucitado más que conservado para la patria por la generosa idealidad de un noble espíritu, el único que reúne todos los caracteres de realista, cuasi-auténtico convencionalismo para encarnar a gusto del contemplador la desaparecida vivienda del Greco en Toledo.”

Al tiempo continúa el ferviente mercado de obras de arte, fomentando la salida indiscriminada de Grecos y el saqueo de la ciudad castellana. Será en este momento, otoño de 1907, cuando tenga lugar el incidente de los Grecos de San José y el debate llegue al Congreso de los Diputados donde se pusieron en tela de juicio los derechos inherentes a la propiedad privada frente a la preservación del patrimonio nacional. Es en este contexto cuando el Marqués de la Vega-Inclán se decide a entregar su museo a la nación, demostrando así la más que plausible generosidad de la iniciativa privada, habiendo dedicado sus esfuerzos y fortuna personal a obras de interés general, haciendo prevalecer así la llamada razón social sobre los derechos que le asisten como propietario de dichos bienes. Este gesto formaría parte de una estrategia más amplia, trazada en el seno y en los ambientes afines a la ILE, para lograr impactar al Gobierno e inducirle a que aceptase los postulados reivindicados por este colectivo en materia de patrimonio, de forma que Benigno pedirá al duque de Tamames que, en su nombre, entregue el museo. El propio duque puso punto final a los discursos en la Cámara aquel día con la lectura de una carta de su entrañable y viejo amigo Vega-Inclán, en la que exponía el propósito de ceder a la nación

“[…] un edificio habilitado para Museo en la Casa del Greco, absolutamente independiente de ésta y donde bajo la guarda y custodia del Estado y la intervención de un Patronato, se contribuya a la cultura artística de España y a la salvación de más de cuarenta lienzos del Greco que fatalmente están pereciendo en la Imperial Ciudad.”

La Cámara, a la vista de aquella solución verdaderamente eficaz, acepta por unanimidad el ofrecimiento que ratifica con palabras de felicitación y gratitud el Sr. Rodríguez San Pedro, Ministro de Instrucción Pública, de forma que, alentado por la calurosa acogida de la Cámara, tan de acuerdo con sus entusiasmos por el cretense, el Marqués pone seguidamente en ejecución cuanto contribuirá a formar el museo y decide entonces dar un giro a su planteamiento originario. Ante la imposibilidad de desarrollar el ambicioso plan en el reducido espacio de la Casa y con el fin de exponer dignamente las numerosas obras del pintor crea un museo ad hoc, construyendo un nuevo edificio adyacente a la Casa y retoma el programa de adquisiciones de edificios con parte de la casa-solar de la c/San Juan de Dios 11 que, junto a otra porción de terreno procedente de los palacios de Villena, será el solar sobre el que configure, de nueva planta, el Museo del Greco, sobre cuyo solar se derrumbaba el antiguo palacio renacentista de los Gandía. Pasarían dos años más de febril actividad hasta que se concluya el conjunto museístico de la Casa y Museo en la primavera de 1909.

Fueron unos años apasionantes, sin duda, para aquellos enamorados del Greco: sólo se hablaba en el mundillo de la Casa del Greco de Vega-Inclán y de la monografía que preparaba Cossío. Acababa de hacer público su deseo de donar su museo a la nación cuando leyó el texto recién acabado de su cómplice, ya reconciliados. Como es de suponer, esperaba con verdadera ansiedad su publicación, por lo que escribió de inmediato a su autor una carta en la que se decía “maravillado y absorto” ante el libro, para el que se deshizo en elogios y confesaba su enorme deuda con Cossío:

“Yo, además, muy particularmente soy deudor a Vd. de uno de los mayores envanecimientos de mi vida. A usted debo y muy principalmente por usted conocí, emprendí y he realizado la salvación de la Casa del Greco, en Toledo. Contagioso por su descubrimiento, fié y con fe ciega sin limitaciones ni distingos, he volcado en esta obra, algunos años de mi vida y todo lo que sé y todo lo que valgo y todo lo que tengo.”

(4 diciembre 1907.)

A la par va configurando la colección a exponer en su Museo, misión relativamente sencilla al continuar su labor como marchante de arte especializado en el Greco. Por sus manos pasarían decenas de obras del cretense, muchas de las cuales (que había conseguido en esos primeros años) permanecerán temporalmente por las salas de la Casa, viéndose obligado a venderlas para pagar de las obras de rehabilitación del Museo. Este espacio anexo al museo funcionó como una pequeña galería de arte privada y como un espacio de representación de Vega-Inclán, en el que hubo obras como las Lágrimas de San Pedro de la que quiso deshacerse sin éxito, ofreciéndosela a von Bode para su museo berlinés, y otras, en cambio, que no pudo conseguir como el San Luis rey de Francia vendido al Louvre en 1903 en una cantidad que no podía afrontar.

Junto a las obras de su propiedad, el núcleo fundacional lo constituyen los veinte Grecos que ha seleccionado de las colecciones públicas toledanas entre los más de 40 que languidecen en la ciudad. Proceden de la desaparecida iglesia de Santiago, depositados en San Juan de los Reyes, por entonces sede del Museo provincial, cerrado al público por su estado ruinoso.

“Además he sacado dieciséis grecos del Museo de Toledo que ya están en el Prado para que Villegas los forre, pues al ministro le ha dado fatiga que lo hiciese yo…”

(Carta a Sorolla desde Sevilla en 8 de septiembre de 1908.)

Una vez concluido el tratamiento y colocación de unos marcos acordes con la época, permanecen en Madrid bajo custodia de la Junta de Iconografía hasta que se habilite en Toledo el edificio de destino, lo que genera polémica y alarma entre los toledanos ante el temor de que no regresen, sospecha fundada dado el expolio que habían presenciado en los últimos años. Para evitarlo deciden unir fuerzas los poderes públicos y los representantes vecinales toledanos creando una comisión designada por la Diputación, el Ayuntamiento y las asociaciones locales, que se ocupará de gestionar el regreso del tesoro; lo que no deja de ser irónico al haber estado previamente sumido en el olvido ante la pasividad de todos ellos. Será este el comienzo de un desencuentro entre la ciudad y uno de sus mecenas más destacados.

Seguía entonces redefiniéndose el centro toledano que concitaba grandes aspiraciones, pues el Gobierno quiso definir allí un museo de pintura española y no sólo del Greco, materializando así los deseos reales, con una colección que abarcase la pintura desde el Greco hasta Vicente López en una atracción irresistible para españoles y foráneos. Este empeño del monarca trastocó de nuevo los primeros planes del Marqués, un proyecto que desde su origen empezó a crecer y a volar alto en la aspiración de tantos, pero si hubo un Ícaro cuyas alas se quemaron, sin duda ése fue Benigno, que perdió la vida y el bolsillo en hacer siempre de los deseos de sus allegados, órdenes para él. Vemos cómo se va fraguando esta idea a través de las cartas que le escribe Vega-Inclán a Sorolla, complacido por la ambición regia en su proyecto que ni siquiera el Marqués llevó a cabo, consciente de lo imposible de materializar la idea, evitando exponer en las salas cuadros posteriores al siglo XVII:

“... y mañana iré a Huelva pues estoy sacando todo lo castizo que encuentro de nuestros maestros más o menos conocidos del XVII y creo que con un poco de buen deseo y con la ayuda de los hombres de buena voluntad (usted, Aureliano y Cossío) en Toledo no solo se hará el Museo del Greco, sino que puede ser la base de un Museo de Pintura Española.”

(Carta a Sorolla desde Sevilla en 8 de septiembre de 1908.)

“El rey redondamente tiene la iniciativa de que en nuestro museo de Toledo todo sea español y que el Museo empiece por Greco como punto de partida y acabe con Vicente López. ¡¡¡Me ha regalado un Don Vicente!!! Y el museo quiere que se llame Museo Castellano con su admirable espíritu de asimilación y algo también instintivo presiente grandes cosas. ¡es prodigioso! No deje Vd. cuando le escriba de felicitarle por su iniciativa por lo de Toledo y añada que yo estoy encantado.”

(Carta a Sorolla 14 de febrero-marzo 1909.)

Foto de la exposición de 1909 en la RABASF publicada el 13 de mayo en Nuevo Mundo Pulse para ampliar Foto de la exposición de 1909 en la RABASF publicada el 13 de mayo en Nuevo Mundo

Aprovechando la ocasión de tener los Grecos en Madrid hasta que el Museo estuviera listo para su instalación, el Marqués organiza una exposición en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (en adelante RABASF), con las obras restauradas, exposición que fue considerada todo un triunfo por Cossío y que habría de inaugurar el Rey el 10 de mayo de 1909. Marca este acto la consagración de la resurrección del Greco y la entrada de Vega-Inclán en las altas esferas de las artes, donde fue recibido con muy solemnes reservas. Una vez más la sociedad toledana no ve con buenos ojos las iniciativas del marqués, causándole a Vega-Inclán más de un sinsabor, de lo que se queja amargamente a su querido Sorolla desde San Sebastián:

“La exposición del Greco un acontecimiento, pero lo pintoresco ha sido la protesta en masa de Toledo contra la exposición y sobre todo contra mí, por el arreglo de los cuadros y por erigirles un Templo en Toledo¡¡¡¡¡.”

(16 de mayo de 1909.)

Consigue culminar el reto toledano con un enorme costo personal y económico del que se queja con frecuencia a sus íntimos, un cúmulo de contrariedades que debe salvar para llevar a buen fin su trabajo, financiándolo incluso después de la entrega al Estado. La falta de recursos es sin duda el obstáculo más grave, arbitrando mecanismos para captar fondos que completen su insuficiente fortuna personal. De forma que, en estos años, mientras trabaja por salvar el patrimonio monumental y pictórico español, venderá en el extranjero cuadros de su propiedad para financiar las obras. Así, vende el “cardenal colorao” de Goya en América con la ayuda de Sorolla al que escribe:

“veinte o veinticinco mil francos será el último pico para la entrega de Toledo que quiero hacer en cuanto Vd. venga. También vendí el Goya (Retrato de la condesa de Chinchón) a la Havemeyer por poco dinero pues me acosaba la necesidad para mi eterna cabronada de Toledo.”

(16 de mayo de 1909.)

A menudo debe malvender ante el apremio económico que amenaza con frenar su trabajo. Es entonces cuando se desprenderá de valiosos Grecos, Goyas o Velázquez movido por el principio coleccionista de prescindir de una buena pieza si con ello consigue otra aún más relevante, hasta el punto de que llegaría incluso a ofrecer el Apostolado del Greco al matrimonio Havemeyer. Pero todo esto no fue óbice para desalentar al Marqués, para quien no había mejor conquista que concluir la Casa y el Museo del Greco.

Finalizado su trabajo en el Museo, se dirige por escrito al Ministro de Instrucción Pública el 15 de abril de 1910, comunicándole su propósito de ceder ya el edificio y la oferta es aceptada doce días más tarde por Real Oden donde se recoge la creación de un Patronato encargado de la organización y gobierno, integrado por personas de reconocido prestigio, como veremos más adelante. El 19 de junio se firma la escritura de cesión gratuita al Estado donde consta el deseo del donante de que

“lo que ahora se realiza ... sirva de punto inicial para la formación de una gran Institución de Arte español, que sirva de estímulo y enseñanza y contribuya al desarrollo de la cultura pública y a la gloria de la Patria y del Arte.”

Días antes, el 12 junio de 1910, el Marqués abrió las puertas del Museo a las autoridades locales. En la reunión, de la que dio amplia cuenta la prensa toledana, “reinaron gran entusiasmo y armonía” y en todos los discursos pronunciados se reconoció unánimemente la importancia real de la nueva institución artística y la gran conveniencia que suponía para la ciudad de Toledo y para la difusión de la cultura.

“Solo un hombre de la cultura como el marqués de la Vega-Inclán es capaz de gastar una fortuna, llevar cien mil disgustos, reunir tantas joyas y bellezas en ese Museo, y decir al Estado: Ahí tienes este tesoro que se llama Casa del Greco.”

El Castellano.

A los pocos días de esta solemnidad, el 20 de junio, “honró S. M. el Rey al Museo del Greco visitándolo detenidamente, acompañado de los Sres. Ministro de Instrucción Pública (a la sazón D. Julio Burell), caballerizo mayor, Marqués de Viana, Marqués de la Vega Inclán y D. Joaquín Bilbao, conservador del Museo”.

“El Museo del Greco en Toledo tiene todas mis preferencias: ambiente, luz, recogimiento, arte en exposición. Todo está allí reunido.”

(Carta de Julio Burell a Sorolla a 12 de julio de 1910.)

El marqués desdeñando la cámara y siempre atento a las visitas, mostrándoles su proyecto de Toledo El marqués desdeñando la cámara y siempre atento a las visitas, mostrándoles su proyecto de Toledo

El Marqués consiguió que se asignara un presupuesto público para el mantenimiento de toda la institución, convirtiéndose en el primer museo que aparece dentro del Ministerio de Instrucción Pública con su presupuesto y su dotación de personal funcionario. Todo un logro, considerando que fue el primer negocio turístico-cultural de este país y que tenía carácter semipúblico. Se reservará así, durante los siguientes diez años, una cantidad destinada a la mejora de los edificios y a la adquisición de nuevas obras de arte, aunque cuatro años más tarde la asignación sufre un importante recorte que hace temer por la continuidad de la institución, años en que el Museo ampliará su superficie y abrirá cuatro nuevas salas al público en las dos plantas, mejorando sus colecciones con nuevas adquisiciones y donaciones. En 1921 crea el Marqués en el Museo una nueva sala con quince cuadros más procedentes de donaciones suyas y compras que adquirió “haciendo milagros con la menguada consignación que el Museo tenía para su mantenimiento”. El crecimiento del museo se cerrará con la construcción entre 1924 y 1925 de una capilla absidal, adosada hacia los jardines, donde instala un artesonado mudéjar que había recuperado de un derribo vallisoletano y que, finalmente, albergará el magnífico retablo de San Bernardino.

Patronato del Museo del Greco. Joaquín Sorolla 1910-1920 Pulse para ampliar Patronato del Museo del Greco. Joaquín Sorolla 1910-1920

Cabe resaltar que el Marqués donó el Museo al Estado, mientras que la Casa queda a su disposición para uso privado y para los huéspedes importantes, compromisos de las autoridades y del rey que él atendía, todo de acuerdo con esa manera de hacer las cosas, sin fronteras claras entre lo público y lo privado, que caracterizó a Vega-Inclán.

Tal era su orgullo por tan nutrido patronato del Museo que le encargó a Sorolla un cuadro en el que aparecieran todos sus miembros y en el que preside la mesa el monarca Alfonso XIII junto a Vega-Inclán, de pie, que presenta el proyecto con los planos del Museo sobre la mesa, acompañados por Villegas, Beruete, Cossío, Sorolla, el conde de Cedillo y Huntington. El lienzo del patronato fue presentado al público en noviembre de 1928 en un solemne acto celebrado en el Museo del Greco al que asistió la hija del pintor, María, con su hijo Francisco Pons Sorolla. El Marqués había reservado la presencia de Clotilde, la viuda del pintor y de su hijo Joaquín para la inauguración oficial a la que asistiría el Rey, acto oficial que nunca llegó a celebrarse. Temeroso quizá el Marqués de la seguridad de un lienzo donde aparecía el rey, en plena instauración de la Segunda República, decidió regalárselo a Huntington, quien conocía sus deseos de que el cuadro presidiera la sala dedicada al pintor valenciano en la Hispanic Society, a pesar de lo cual dio instrucciones para que no se expusiese y así permaneció arrinconado durante muchos años hasta que en 1991 se mandó restaurar, pasando a finales del mes de agosto a la sala de lectura, y años después volvió a enrollarse y a quedar olvidado en un rincón del museo neoyorquino.

La recepción de la Casa y Museo del Greco

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Foto del rey en los jardines altos del Museo Pulse para ampliar Foto del rey en los jardines altos del Museo

Este monumento vivo dedicado al espíritu de un pintor se convirtió en un mito en el panorama artístico español desde su creación. Una labor de varios años compensada con el éxito franco y rápido que consiguió. La voz popular sancionó su autenticidad y el concurso de visitantes le concedió la categoría de monumento que le consagró como autor y ejecutor de una obra que alcanza resonancia artística mundial y eleva su nombre entre las personalidades españolas dedicadas al cultivo y estudio de las artes. A su vez, la trascendencia social y política que adquiere la decisión de entregar el museo a la nación en la España de la época y la gran afluencia de visitantes que tendrá desde sus inicios, permitirán dar un nuevo paso de gigante hacia la revalorización del artista. La RABASF le felicitó por su “fecunda iniciativa, la forma acertada en que se ha realizado, el tono simpático, excepcionalmente atractivo que ha sabido dar a la disposición de las salas y a la colocación de los lienzos”.

La casa, reproducida hasta la saciedad en numerosas publicaciones, será inspiración para construcciones norteamericanas que desarrollarán una arquitectura híbrida de elementos platerescos, mudéjares y coloniales o de trasatlánticos de lujo como el Carinthia. Por otro lado, la casa sirvió de foco de influencia en la ciudad del Tajo para visitas ilustres y propaganda turística. Como vimos anteriormente, en vida del Marqués, la casa funcionó como un centro social y de transacciones de obras de arte; testigo de ello son las numerosas visitas de Alfonso XIII acompañado de ilustres políticos u otros miembros de la realeza de la época; o bien la celebración de lecturas poéticas y homenajes, como el otorgado a Maurice Barrès en 1924.

“Invita cordialmente la cocina a sentarse bajo su extensa campana en aquellos bancos de modesta azulejería y compartir el yantar de sabrosos guisos toledanos en sencilla mesa con blanco mantel y reluciente servicio como acostumbraba hacerlo el Marqués al obsequiar, en señaladas ocasiones, a sus ilustres visitantes y amigos.”

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Toman la Casa del Greco como modelo la Casa de Goya en Fuendetodos (identificada en 1913 por Zuloaga), la Casa de Lope de Vega en Madrid (1935) y la Casa de Dulcinea del Toboso (1967), así como las casas-museo de los libertadores americanos; y, por supuesto, el Museo-Casa de Cervantes (1916) y el Museo Nacional del Romanticismo (1921) que también creó el Marqués. Aunque con anterioridad la casa y el patio no habían pasado desapercibidos a artistas como Martín Rico, que nos legará una de las primeras vistas de la Casa del Greco cuando todavía era una casa de vecinos y que, una vez restaurada será captada por los pinceles de sus patronos Beruete y Sorolla, así como por el objetivo de Ramón y Cajal, primera imagen a color de la Casa tomada en 1912, con el autocromatismo de Vögel.

Patio de la Casa del Greco pintada por Rico (1893), Sorolla (1906) y de Beruete (1914) Patio de la Casa del Greco pintada por Rico (1893), Sorolla (1906) y de Beruete (1914)
Toledo en la Guía Baedeker Toledo en la Guía Baedeker

Mucho antes de inaugurarse, la comunidad internacional ya se hacía eco de la Casa del Greco del Marqués. En 1908 aparece ya en la versión francesa de la guía de viajes Baedeker de España y Portugal, la más prestigiosa del momento, no pudiendo darse en el mundo turístico internacional más rápida ni más explícita consagración que la que esta mención representa. El Baedeker por aquel tiempo llevaba de la mano de una ciudad a otra a todos aquellos turistas que iban buscando las obras de arte con las tradiciones y curiosidades de cada pueblo. Su prestigio y seriedad no permitían que con facilidad se incluyese un monumento nuevo en su famoso y acreditadísimo “Manual del Viajero”. Por esta razón, y apoyada por su propio valor, la Casa del Greco ha contribuido de manera insospechada a propagar nuestro arte popular y que ha enaltecido en muy apartados lugares, el nombre de España y en especial el del toledano-cretense. Esta divulgación internacional demuestra las relaciones que el Marqués tenía ya en las altas esferas de la organización turística, sus conocimientos y amistades, que iban a llevarlo al poco tiempo al cargo para el que tan adecuada preparación tenía, Comisario de la Comisaría Regia de Turismo.

Toledo, identificada con el Greco, sedujo a miles de turistas en las décadas siguientes y el Museo del Greco pasará a convertirse en centro de peregrinación del incipiente turismo que se desplazará a esta ciudad buscando sus obras. El viaje del Marqués por EEUU en 1913 fue determinante para la difusión de la imagen de España y su arte, así como plataforma de promoción de la recién abierta Casa del Greco y sus planes turísticos, tarea nada fácil puesto que allí se partía de una pésima imagen de España, para lo que inventó el lema “Sunny Spain” para atraer turistas e hizo que se repartieran decenas de miles de folletos a través de la Embajada española.

Entre 1911 y 1930, el museo irá consolidándose en el panorama de la ciudad, alcanzando cotas de visitantes inimaginables reflejadas en los escritos de Camarasa; los devotos del mito cretense acudían a la ciudad del Tajo en oleadas a venerar su obra, y la casa que Vega-Inclán había ofrendado como el mayor homenaje al artista, pasaba a ser

“un altar donde reverenciarle devotamente todos los hombres del mundo. Respecto a visitas de personalidades, muchos de estos viajes se realizaron oficialmente (en 1910 el rey de Portugal, en 1913 el presidente de la República Francesa, en 1918 el príncipe de Mónaco, en 1921 los reyes de Bélgica, y en 1922 el sah de Persia), pero los más fueron de incógnito, particularmente. ¡Si la cocinita del Greco pudiera hablar!, ¿cuántos grandes hombres habrán almorzado en aquel recogido aposento, en aquel simpático y singular rincón de la morada del gran artista acompañados por el marqués de la Vega Inclán? [...] elogiará la atención del Comisariado de Turismo en todas estas vistas, congresos y excursiones, que cuida hasta el último detalle y que atiende, incluso personalmente, como obsequio suyo con lunchs, refrescos y otros refrigerios, en cualquiera de sus monumentos, Casa y Museo del Greco y sinagoga del Tránsito [...] Así se hace patria.”

(Santiago Camarasa, 1927.)

El comienzo del turismo en Toledo es el inicio del turismo en España y el Greco es la base sobre la que empieza a asentarse todo el entramado del mismo. La trilogía turismo-Toledo-Greco, de la mano del marqués de la Vega- Inclán y bajo el auspicio del rey Alfonso XIII, hará furor desde la inauguración del museo, lanzando a la adormecida ciudad a la obtención de una nueva fuente de riqueza, que aumentaba de forma fabulosa en paralelo al número de sus visitantes. Según datos de los estudios de Santiago Camarasa “tenemos pues un principio de estadística con un millar de turistas en 1909, que suben a cuatro mil en el 1911, y continúa en enorme progresión creciente en los años siguientes; en 1912 se triplica la cifra y vuelve a triplicarse en el que sigue, llegando hasta cuarenta mil”.

Tanto es así que hasta las grandes personalidades del momento como Marie Curie o Einstein visitan el centro, este último en marzo de 1923, que tuvo un guía de excepción en Manuel B. Cossío y acompañantes tan ilustres como Ortega y Gasset, entre otros.

Congresistas en 1913 Pulse para ampliar Congresistas en 1913
Excursionistas italianos 1914 Pulse para ampliar Excursionistas italianos 1914
El Nuncio del Papa, Francesco Ragonesi, en el Museo por motivo del III Centenario Pulse para ampliar El Nuncio del Papa, Francesco Ragonesi, en el Museo por motivo del III Centenario
Congresistas en 1922 Pulse para ampliar Congresistas en 1922
Visita de Einstein al Museo en 1923 Pulse para ampliar Visita de Einstein al Museo en 1923
Otto Wunderlich y su mujer entre 1920 y 1928 Pulse para ampliar Otto Wunderlich y su mujer entre 1920 y 1928
Familia de Otto Wunderlich en 1944 Pulse para ampliar Familia de Otto Wunderlich en 1944
Grupo de lagarteranos. Fondo fotográfico Casa Rodriguez Pulse para ampliar Grupo de lagarteranos. Fondo fotográfico Casa Rodriguez
El ex-premier de Londres, Pombo Angulo, embajador de Argentina y el alcalde de Toledo Pulse para ampliar El ex-premier de Londres, Pombo Angulo, embajador de Argentina y el alcalde de Toledo
Gregorio Marañón y su familia Pulse para ampliar Gregorio Marañón y su familia

Un calvario que no cesa

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“Yo creí que al acabarse Toledo y entregar el museo (al Estado) se acababan las locuras y dispendios, resulta que acaba de nacer otro nuevo Toledo y que si Dios me da vida se realizará como la Casa y Museo del Greco.”

(Carta a Sorolla refiriéndose a la restauración de la Sinagoga del Tránsito, mayo de 1911.)

Como mencionamos, su calvario toledano no acabó ni mucho menos con la finalización de la Casa y Museo del Greco sino que fue el comienzo de una serie de desdichadas experiencias. Tres hitos marcarán las actuaciones del Marqués en la recuperación del pintor griego: la exposición de 1908 en la RABASF, la creación de la Casa y Museo del Greco y el III Centenario de la muerte del pintor, con los que culminaba el proceso de creación y exaltación de un mito que había comenzado con la recreación de la casa que supuestamente habitó. No obstante, asomaron de nuevo las tensiones durante los preparativos del III Centenario, razón por la que éste quedará deslucido. La idea de festejar el Centenario de su muerte había surgido ya en 1910 cuando se inaugura la Casa del Greco pero el desencuentro entre autoridades y protectores de la ciudad hicieron que apenas tuviera repercusión, hasta el punto de que las fiestas se celebraron únicamente en Toledo y casi todas las personalidades estuvieron ausentes. Probablemente los escritores y pintores renovadores que antes habían reivindicado la herencia del Greco no se sentían identificados con el Centenario ya que las fiestas estuvieron dominadas por las élites tradicionales: las reales academias, las autoridades locales y el clero.

El Centenario se presentó como una fuente de problemas desde sus inicios por la pugna de poder mantenida entre la Comisión de Monumentos de Toledo y el Patronato del Museo del Greco por capitalizar la organización, lucha patente desde 1912. De hecho, en las sesiones de 10 de abril y de 13 de diciembre de 1913 se da cuenta de la intención del Patronato de la Casa del Greco de celebrar por su cuenta el III Centenario, en oposición al proyecto de la Comisión de Monumentos y se invita a este cuerpo artístico a que designe dos individuos de su seno que se asocien, “abogando por la conveniencia de dejar el campo libre al señor marqués de la Vega-Inclán para que se lleve la gloria”. El Patronato dispone colaborar con el levantamiento de un monumento al pintor, conceder una beca a un artista toledano, celebrar una exposición de fotografías y participar en cuantos otros actos se programen. El Patronato edita en marzo de 1914 un opúsculo de divulgación gratuito que se reparte en los trenes que llegaban a Toledo. El 5 de abril, Domingo de Ramos, comenzó el Centenario en Toledo con dianas que recorrieron la localidad y con la apertura a las once de la mañana de una pequeña exposición en la Casa del Greco que apenas tuvo incidencia. Las comisiones e invitados pasaron después al patio del museo, donde fueron obsequiados con un “bien servido lunch”.

Se manifiestan problemas hasta con la financiación, ya que el Ministerio de Instrucción Pública había prometido una subvención de cincuenta mil pesetas para sufragar los gastos, cantidad que finalmente tendrá que aportar de sus fondos el Museo del Greco como complemento a lo recaudado en la ciudad mediante una cuestación popular, rigurosamente seguida por la prensa. El mayor desembolso debe hacerse para sufragar el monumento que es el apartado de las conmemoraciones que más preocupa al Marqués quien, consciente de las limitaciones presupuestarias del Gobierno, teme que el gasto deba ser asumido por el exiguo presupuesto del Museo, como así sucedió. La cantidad de 50.000 pesetas, a la que en origen se había comprometido el Ministerio ante Sorolla y el conde de Cedillo, procederá de la aportación estatal al museo toledano. El pago al escultor José Capuz suscitó una agria polémica que se prolongó durante todo ese año y parte del siguiente.

El 7 de abril de 1914 se inaugura el monumento al Greco en el Paseo del Tránsito, levantado por Capuz y Laredo en estilo grecorromano, con la oposición de Vega-Inclán, que se negaba a que la escultura fuera financiada a costa del presupuesto del Museo del Greco, que en el ejercicio de 1915 queda a merced del voluntarismo de su fundador, quien de manera indirecta acaba costeándolo. De hecho, el asunto se enredó de tal manera que el escultor tuvo que recurrir a la mediación de Sorolla para poder cobrar sus honorarios. El monumento se montó finalmente sin la escultura de Capuz, con lo que queda patente la intransigencia de que es capaz el Marqués cuando está en juego la supervivencia económica de sus instituciones, no importándole colocar en una difícil posición a personas tan queridas para él como Sorolla o Cossío.

La celebración del III Centenario será una mala experiencia en todos los sentidos: el Rey no hizo acto de presencia, apenas hubo representación extranjera, Vega-Inclán se ausentó a Inglaterra, Cossío solo pronunció una conferencia, y pintores y escritores que habían demostrado su entusiasmo por el griego, como Rusiñol o Azorín, ni siquiera mencionaron los festejos en sus colaboraciones en prensa.

Retirado en Londres, Benigno, como siempre insaciable y con una vitalidad sin parangón, proyecta una exposición anglo-española en 1914, que finalmente quedó en “española”. En el ABC del 23 de mayo del mismo año, el Marqués se ve obligado, de manera penosa, a pedir la participación de empresas y otras entidades “por interés propio y de la patria”. Una huelga de transporte que impidió la llegada de los materiales fue a unirse al estallido de la guerra, quedando así la exposición frustrada y los gastos de liquidación de nuevo fueron asumidos por el Marqués.

Continuaron los desvelos en 1921 con la Comisaría Regia de Turismo, un regalo envenenado. Las beneméritas intenciones con las que se constituyó la Comisaría nunca encontraron correspondencia en dotaciones que bastasen a sus fines. De hecho, el personal asignado, perteneciente a diversos ministerios, fue escaso y las consignaciones presupuestarias ridículas, menguantes y tardías, hasta tal punto que durante el primer año y medio de funcionamiento no llegó ningún dinero y el bueno del Marqués hubo de sufragar los gastos de su siempre lastimado bolsillo. Tuvo la Comisaría que financiar los gastos de la visita del presidente francés Poincaré a Toledo, en 1913, y de algunos dirigentes italianos en 1914. Hasta tal punto llegó la cosa que el coste del antes citado viaje a EEUU de 27.000 pesetas, fue anticipado también por Vega-Inclán; le agradecieron sus gestiones en una Real Orden, pero olvidaron reintegrarle el adelanto. Todas las carencias de la Comisaría se suplían por el Marqués de manera harto frecuente, aligerando su bolsillo y siempre derrochando entusiasmo por una labor que, seguramente, le hizo discretamente feliz durante los años de su gestión.

Visado del Marques de 1937 para su exilio en Francia Pulse para ampliar Visado del Marques de 1937 para su exilio en Francia

En cuanto al Museo del Greco, sigue la vida del centro sin grandes sobresaltos hasta que estalla la Guerra Civil, muy cruenta en la ciudad, destruyendo la plaza de Zocodover, para cuya reconstrucción las autoridades locales piden ahora, irónicamente, ayuda al Marqués. De entre las grandes secuelas que dejó la contienda en la judería se hallan los edificios afectados como la Casa y el Museo del Greco, que sufrieron las consecuencias de las explosiones en sus tejados y cristales, ocasionando un socavón en la sala donde se exponían las fotografías de Moreno de los cuadros del cretense; así como la ruina de la galería sureste del piso superior. Las obras más relevantes se guardaron en los sótanos del Museo, lo que fue costeado por la Comisaría de la segunda zona dependiente del Ministerio de Educación Nacional, quedando en suspenso el Patronato del Greco y asumiendo la gestión de la Casa y Museo el Servicio de Defensa del Patrimonio Artístico sin que el Marqués tuviese noticias de lo que en ellos acontecía hasta que se volvieron a restaurar legalmente las fundaciones en febrero de 1939, si bien tras esta fecha Luis de Villanueva, Comisario de la Segunda Zona le manda una carta a Sevilla para informarle de sus actuaciones en el centro, la protección de las obras, el arreglo de los destrozos en el edificio y en el jardín y todo aquello pendiente aún por hacer.

Una de las últimas fotografías de Vega-Inclán. Pulse para ampliar Una de las últimas fotografías de Vega-Inclán.

Un anciano Benigno ve disgustado cómo parte el Antonio de Covarrubias del Greco camino al Louvre, en el intercambio entre el Estado español y el francés de 1940. El cuadro era propiedad de Vega-Inclán y lo había donado al Estado al estar dentro del museo toledano, por lo que se sintió ultrajado por su partida y no asistió a ninguna de las sesiones en las que se debatió el asunto. También fue sonada su ausencia a las sesiones del patronato del Museo del Prado, al que pertenecía, al mantener algunas desavenencias con dicha institución.

Vivió sus últimos años abatido por la tristeza tras la pérdida de sus más queridos allegados y familiares, con sus facultades físicas mermadas y privado de su pulsión viajera. No tuvo tiempo de leer su discurso de ingreso en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en 1940, que había recompensado sus desvelos por el arte invitándolo a pertenecer a esa casa.

Nunca dejó de volcarse en mejorar el museo toledano hacia el que sintió una especial debilidad, queriendo incluso enterrarse en la capilla de la Casa, prueba de lo hondo que había calado en su espíritu esta obra toledana. Parece que aún hoy, más de cien años después, sigue contagiándonos su ilusión por el Museo del Greco, que tanta pasión nos despierta como de sueño nos priva.

"Dos meses estuvo defendiéndose. Al fin confortado con los auxilios espirituales emprendió como eterno viajero, su última jornada a los ochenta y tres años de edad, atraído por la Estrella que en aquellas horas guiaba hacia Belén a los Magos de Oriente."

Traver.

Emblema con los cuatro museos fundados por Vega-Inclán. Emblema con los cuatro museos fundados por Vega-Inclán.

Bibliografía

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