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Un descubrimiento prodigioso. Viaje al porvenir. Capítulo III

A fines del siglo XX

Concluyó el siglo XIX, y adelantando esa sucesión fatal y necesaria de los guarismos, comenzó el siglo XX.

Al siglo de las luces y del vapor había sucedido el de la electricidad, que a su vez concluía para dar paso al siglo ¿de qué?... del pensamiento tal vez.

La sociedad, encauzada en el camino del progreso, había avanzado con vertiginosa rapidez hasta llegar a lo inconcebible.

Todo había progresado de manera asombrosa, todo se había modificado radicalmente en su modo de ser, incluso las costumbres sociales.

Había llegado ya la época en la cual cincuenta años sobraban para la vida del hombre, época en la que se vivía mucho en poco tiempo, porque todo proyecto material era asequible y de fácil logro.

El hombre podía considerar casi realizada la apoteosis de su existencia, pues gozaba, con sublime fraternidad y dulzura, de las más hermosas libertades morales, así como sociales como políticas y religiosas.

Su destino en esta tierra lo cumplía de un modo digno, porque habían pasado a hundirse en el caos del olvido los tiempos en que, para ingresar en los talleres, requeríase en el obrero desarrollo de su musculatura y crecido grado de fuerza física, antes que el de su inteligencia.

El vapor, como fuerza motriz, gozaba de una aplicación inmensa.

Dos grandes problemas, felizmente resueltos, generalizaron su uso: la abundancia de aguas y el descubrimiento de combustibles baratísimos, que desenvolvían en igual cantidad mayor número de calorías que el cok.

Esto unido a los maravillosos adelantos de la mecánica, cuya benéfica influencia se extendía a toda clase de industrias y manufacturas humanas, había impreso un vigoroso impulso al trabajo, economizando el importe de su producto.

La riqueza pública había aumentado extraordinariamente, porque como radica en el trabajo, cuantos mayores medios y más económicos hay para realizar este, mayor es aquella.

“El mundo, se decía, tiene siempre el mismo grado de riqueza absoluta; lo que al mundo pertenece no aumenta ni disminuye por sí”

“El trabajo es el problema algebraico, que suma o resta relativamente la riqueza social”

“La verdadera ley natural es la ley del trabajo”

“Los que más trabajan son los que más producen”

“Los que más producen y cambian más sus productos son los que gozan de mayor suma de bienestar”

“Y esta ley del trabajo, lo mismo es para los individuos que para los pueblos”

Con tan virtuosos principios el estado general era floreciente.

Ese gran problema social, que tanto había preocupado desde tiempo inmemorial a los filósofos y hacendistas de todas las épocas, la extinción del proletarismo, se iba resolviendo.

Existían el humilde menestral y el modesto empleado, pero no el mendigo que impera la caridad pública, ni el indigente que busca en un asilo piadoso el amparo de su inopia.

Toda clase de empresas, con tal que tendiesen al bienestar común, veíanse fácilmente ayudadas.

El comercio era universal y libre-cambista.

Las comunicaciones habían llegado a su mayor grado de adelantamiento.

La navegación aérea, que tantas víctimas ocasionó en el siglo XIX, habíase resuelto y perfeccionado hasta el extremo de convertirse en un medio de locomoción económico, rápido y seguro.

Y, como era inevitable, las fronteras que circunscribían los límites de nacionalidad de los países, fomentando sus rivalidades y malas pasiones, habían desaparecido, y veíanse fusionados los diferentes pueblos que, protegidos por el sagrado de sus inviolables derechos, mutuamente respetados, se disputaban en noble lid los adelantos de la civilización, y se agrupaban bajo una misma bandera que ostentaba el venturoso lema de “Paz universal y amor al trabajo”.

¡Dichosa edad! Siglo feliz y explendente en que la virtud, extendida por do quiera, proporcionaba igualmente la concordia y el bienestar.

Ya no se veían entonces esas catástrofes provocadas por espíritus turbulentos y avaros del poder, ni se padecían esas horribles crisis en que las naciones, juguetes del vendaval revolucionario, naufragaban por un encrespado mar de desdichas y penalidades.

No lejos de eso, un iris de paz, y de ventura, de amor y prosperidad, cubría risueño el mundo entero.

Texto Pulido
Atocha
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