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Filmoteca Española entrevista a Elena Espejo como parte de la celebración de su 90 cumpleaños

02/07/2020

Elena Espejo - Filmoteca Española Elena Espejo

Elena Espejo: «Producir una película implicaba sentarse cara a cara con hombres, y había cosas que me gustaban y otras que no»

Y, por fortuna, no era demasiado tarde. Elena Espejo aún sonríe al evocar el recuerdo de toda una vida dedicada al cine y al teatro, poblada por aquellos amigos y compañeros de profesión que, como ella dice, la están esperando arriba, tal vez para participar en una función de teatro, quién sabe. Su risa es serena y no teme el silencio. Ha sido una incansable trabajadora y se siente satisfecha de todos los caminos que su vigor y valentía supieron abrir en el mundo de los hombres. Hoy, a sus noventa años recién cumplidos, también sonríe porque, después de todo, no la habíamos olvidado.

¿Qué despertó su vocación por el cine y el teatro? Su familia no tenía ningún vínculo con el mundo del espectáculo.

Es cierto, mi familia no tenía ningún vínculo. Me gustaba mucho ir al cine y envidiaba a las grandes actrices que veía en la gran pantalla, así que le pedí permiso a mi padre para actuar en las funciones teatrales del colegio. Ahí es cuando me entró “el gusanillo” del cine. Me encontraba a gusto en esas pequeñas interpretaciones infantiles y posteriormente continué en Barcelona, cuando trasladaron a mi padre por trabajo. Mi madre tenía vocación de artista, así que me apoyó cuando comencé a ir a la academia de baile, mientras que mi padre, como ya me había dado permiso antes, no tuvo más remedio que aceptarlo también. Y, a lo tonto, a lo tonto, así empezó todo.

¿Quiénes eran esas actrices a las que usted envidiaba?

Cuando empecé a ir al cine, era la época en la que empezaba a actuar Amparo Rivelles en España, Myrna Loy, Lauren Bacall o Deborah Kerr. Y yo me preguntaba: ¿por qué no soy yo como ellas? Poco a poco, fui escalando escalones, valga la redundancia, hasta que llegué a ser actriz protagonista.

¿Cuál fue su formación?

Hice bachillerato en Tánger, en el Liceo Francés. Solamente fui a la escuela de declamación con Marta Grau, cuando nos mudamos a Barcelona. Mi padre me dijo: «Si quieres llegar a ser algo, hazlo bien, no lo hagas por capricho». Él quería que fuese una mujer culta. Con 19 años empecé a actuar como bailarina y me hice un nombre como tal, así que dejé los estudios para dedicarme a esto. Me lo tomé en serio, de modo que el dueño de Emisora Films me contrató para hacer unos cortometrajes, y parece que le gustó lo que hacía. Finalmente acabé haciendo mi primer papel como actriz protagonista [Un soltero difícil (Manuel Tamayo, 1950)].

Usted pasó de admirar a las estrellas en las revistas a ser una de ellas, ¿cómo vivió esa transición tan rápida?

Fue un cambio radical. Pasé de no ser nadie a ser alguien importante en la vida artística y cinematográfica, y me dediqué a ello en cuerpo y alma. Arranqué en Emisora Films con mi pareja artística en ese momento, Conrado San Martín, en varias películas de la productora. Ambos éramos figuras muy conocidas en Barcelona. Todo fue muy cómodo para mí, no me costó ningún trabajo porque tuve la suerte de que mi primera película como protagonista fue un éxito. Y desde entonces no paré de hacer películas con Conrado. La mala suerte que tuve en mi carrera artística fue que dos de mis películas se quemaron en un laboratorio de Madrid durante un incendio: El pasado amenaza (Antonio Román, 1950) y El señorito Octavio (Jerónimo Mihura, 1950). Es una lástima porque fueron, a mi juicio, las mejores de mi carrera en Barcelona.

¿Le gustaba verse en la pantalla?

[Risas] Siempre me encontraba con defectos y pensaba que lo podría haber hecho de forma diferente. En Barcelona hice con Fernando Fernán Gómez Me quiero casar contigo (Jerónimo Mihura, 1951), la última película antes de trasladarme a Madrid. Aquí ya tomé otro rumbo: el teatro, que me encantaba.

¿Cuándo sucedió su encuentro con el teatro profesional?

El teatro fue lo último que hice en mi carrera. Bueno, después tuve la suerte de actuar en televisión. Hice una comedia y parece que les gusté, porque me contrataron para otras actuaciones, hasta que, por fin, acabé en la radio, de la que me retiré a los 60 años. Pensando en mi vida artística, creo que he tenido la suerte de que cada cosa que estrené fue un exitazo. Fui muy trabajadora, no tenía tiempo para otra cosa. Me enamoré de la perfección y, todo lo que rodeaba a la cuestión artística, siempre la tuve muy en cuenta. Con mi madre me reía muchas veces, y le decía: «mamá, la culpa ha sido tuya», y ella me contestaba: «¡y tu padre qué!» No sabía hacer nada más que bailar e interpretar, y por eso me dediqué a ello, aunque no fue una gran vocación, eso me vino después. Pero no me arrepiento de absolutamente nada de lo que he hecho.

¿Y por qué se hizo productora?

Que una mujer se hiciese productora no era normal. Juan de Orduña me convenció para que produjese Zalacaín el aventurero (Juan de Orduña, 1955). Me dejé llevar por una experiencia nueva que me costó mucho dinero pero que no perdí. Después produje La rosa roja (Carlos Serrano de Osma, 1960) y Pasa la tuna (José María Elorrieta, 1960). También hice televisión, teatro y radio, y dejé la producción. Era un negocio y había que estar siempre pendiente.

¿Cree que lo habría tenido más fácil si hubiese desarrollado su carrera en otra época?

No lo sé, vino todo muy fácil, les interesaba a los directores.

¿Debía trabajar más pendiente de la censura que de su propio proyecto?

No, pero algunas veces, cuando leía una comedia, me reunía con el autor para cambiar ciertas escenas o frases que no me gustaban. Eso no se lo podías hacer a Miguel Mihura porque se enfadaba, tenía muy mal genio.

Como productora, ¿qué proyectos se le quedaron pendientes?

Me he dejado en el tintero un guion que escribió Manuel Tamayo en Barcelona, que me encantó, y que se iba a llamar El arco de cuchilleros. Tenía proyectado que lo hiciésemos Paco Rabal, Conrado San Martín y yo, pero se ve que el contrato se rompió con Emisora Films y se quedó sin hacer. Después, Tamayo enfermó y se le quitó la ilusión. Yo ya me enganché en el teatro y la televisión, y lo fui dejando. Además, fueron pasando los años y yo ya no tenía la edad de la chica del guion. Una mujer de 30 años no puede interpretar a una chavala de 20, y por eso lo dejé pasar. Pero no me arrepiento.

¿Cree que, por ser mujer, pudo haberse sentido más sola a la hora de dirigir una productora, o simplemente se trataba de una tarea más compleja de lo habitual?

Sí, sobre todo, tratar cara a cara con hombres, porque producir una película implicaba sentarte con hombres, y había cosas que me gustaban y otras que no.

¿Qué películas quería hacer Espejo Films?

Me hubiese gustado hacer lo que hizo Mariano Ozores, películas sencillas.

¿Recuerda otras mujeres que se dedicaran a la producción?

Solamente a Pilar Miró. Ella me aconsejó una vez que produjera cortometrajes porque a ella le habían dado bastante dinero. Pero ya era demasiado trabajo para mí y tuve que aflojar.

También fue empresaria de teatro.

Sí, fundé mi compañía de teatro. He probado de todo. Por suerte, nunca he perdido dinero: era lo comido por lo servido. Fue la primera compañía que, cuando llegaba a una ciudad, se encontraba con todo el aforo vendido.

En una entrevista que le hizo Fernando Méndez-Leite para el programa La noche del cine español, de Televisión Española, usted reconoció que echaba de menos ser tan conocida, y que sentía que su país le había dado la espalda. ¿Sigue pensando lo mismo?

Pues sí, sigo pensando lo mismo. He sido una mujer de ideas fijas y muy poco me ha hecho cambiar. Nunca me he dejado tomar el pelo.

¿Qué opina sobre el cine español actual?

Me gusta más el cine de mi época. Una vez, que fui al teatro a ver a Amparo Rivelles, estuvimos hablando precisamente de esto. Y Amparo decía: «el cine que se está haciendo ahora es un cine que huele mal». Le di la razón. El cine que nosotras hacíamos era un cine limpio. El que hay ahora… Creo que no hay dinero y no se puede hacer un buen cine. Ya no hay directores y guionistas como los de antes. Había guionistas que escribían guiones sacados de su imaginación. Yo ahora me dedico a ver las películas antiguas de los años 50 y 60 y pienso: ¡qué cine se hacía antes! Era muy distinto al de ahora. Pertenezco a otra generación.

Una entrevista de Alba Gómez García

Descarga aquí la entrevista en PDF.

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