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  5. El duende y sus manifestaciones

El caso de la casa encantada

A través de las diversas probanzas y testimonios que presentó Lorenzo López tanto en la primera instancia ante el corregidor como en la segunda ante la Chancillería, podemos hacernos una idea de las terroríficas situaciones que tuvieron que sufrir él y sus familiares, si es que damos por ciertas sus manifestaciones.

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En efecto, las declaraciones de los testigos presentados por Lorenzo López, desde antiguos moradores de la casa en cuestión hasta su propia mujer, hijas y criados, presentan como denominador común los grandes ruidos y alborotos que solían salir tanto de la planta de arriba de la casa, donde se situaba la vivienda, como de la bodega, en el subsuelo de la misma; que les lanzaban objetos diversos y peligrosos como cantos, piedras, monedas, lumbres de fuego, sartenes, cuchillos por las escaleras y ventanas, revolviendo todas las estancias, y todo ello mientras dormían o incluso comían; y que en ocasiones les tiraban del brazo o les daban algún fuerte golpe en el cuerpo, dejándoles amoratados y desmelenados, llegando al punto de que Mariana López, hija del demandante, había sido fuertemente golpeada en la bodega hasta perder el conocimiento por el supuesto duende, habiendo observado también algunos declarantes un “bulto” blanco.

Antonio Ruiz, un antiguo morador de la casa, declaró que “una noche, después de media noche, estando este testigo y dos hermanos suyos en una cama acostados oyó (…) bajar por una escalera que estaba junto al dormitorio donde estaban bajar haciendo ruido como que era cosas de calderas o cerrojos, y al fin de la escalera paró lo que era, y oyó (…) jadear como persona”. También “oyó e vio como por las escaleras de la dicha casa arrojaban e caían por ellas hasta el portal, piñas de casca de pinares y una barra de silla de mula o caballo, y cuchillos, y otras cosas”.

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En relación a la mujer de Lorenzo López, declara que en una ocasión la vio “con vnos quartos (…) y hechó los quartos en el caxón donde tenían el dinero, y al tiempo que se volvió del dicho caxón sonó en el suelo como moneda, y (…) la dixo: “mire si se la ha caído algo, que paresçe que ha sonado a moneda”; y ella dixo: “será algún medio quarto que se me había caído y se desvió”. Y vio que era un dedal de mujer, y la susodicha se santiguó diciendo que Marina, su hija mayor, había mucho tiempo que había andado a buscar aquel dedal y no lo había podido hallar, y que agora se le habían echado allí”.

Relata otro acontecimiento extraordinario ocurrido sobre la referida Mariana, cuando en una ocasión su madre “subió a mucha prisa alborotada dando vozes llamando a la dicha Mariana su hija”, la cual finalmente aparecería “en la dicha bodega (…) en el suelo boca abajo y desgreñada, y la llamaron, y dieron muchas voces, y no rrespondió. Y este testigo entendió que estaba muerta. Y el dicho Juan Pérez, tundidor, tomó en brazos a la dicha Mariana y la subió por muerta sin menear pie, ni braço, ni otra cosa de su cuerpo y su vida. La dieron garrotes y volvió en sí”.

Pedro de la Cuesta, zapatero que había vivido también en la casa varios años, relató que en una ocasión “oyó muy gran ruido en un montón de hormas que había en la sala de la dicha casa, que las revolvían de arriba abajo, y en las arcas abriéndolas y cerrándolas, y dando golpes en las cerraduras dellas. (…) Y vio un bulto pequeño y fue tras él la escalera arriba dos o tres veçes, y se le yba por una ventana de lo alto de la dicha casa”, y que él y su familia “estaban espantados, diciendo que no sauían que era aquello, si era alguna bruxa u duende”.

Otro antiguo inquilino, Diego López de Marquina, declara que una vez “subió (…) a lo alto de la dicha casa a proveerse y haçer sus nesçesidades, y estándolo haciendo le dieron un çurriagaço por detrás que no supo ni vio con qué porque era a boca de noche, que le espantó y puso miedo, que casi no açertaba a baxar las escaleras, y baxándolas le tiraron vn adobe que le pasó por el hombro derecho”. Como se puede apreciar, parece que nuestro "duende" no respetaba a los moradores de la casa ni en sus momentos más íntimos.

La mujer de Diego López, Catalina Rodríguez, declaró que un oficial de su marido que vivía con ellos, una noche mientras dormía “le habían tirado muchas piñas locas a la cama donde estaba, y que se había levantado de la cama vna vez y tomado vna espada para ver y saber quién le tiraba; y que con la dicha espada había dado en un bulto que no sabía qué era, y que se había tornado a la cama; e que luego lo habían quitado la ropa de la dicha cama y le habían dado muchos porraços”. Así pues está claro que nuestro terrorífico huésped no se amedrentaba ante nadie, ni aun haciéndole frente con espada.

La notoriedad del encantamiento de la casa por la vecindad de Peñafiel es manifestada por varios de los testigos, como la anterior, al relatar que “más de diez y seis años a esta parte a oydo decir (…) en la dicha villa de Peñafiel públicamente a muchas personas vecinas della que en la bodega de las dichas casas andaba e anda duende“.

María Sacristán, criada de Lorenzo López, declara que una noche, “subiendo (…) a coger vn poco de basura para llevar al río, estando sola la mataron el candil que tenía, y la destocaron y arañaron la cabeça y la frente, y la rrasgaron el tocado. Y de miedo (…) se quedó desmayada en la escalera y estuvo desmayada sin poder volver en sí”.

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La actitud revoltosa del duende no dejaba objeto por tocar. Así declara que “vna noche, después de acabado de cenar, el dicho Lorenzo López, su amo, se fue y salió de casa, y dexó encima de la mesa en la sala un libro grande de sus quentas, y su mujer se quedó asentada a la mesa y estaba en ella escribiendo. Y (María Sacristán) sentada sobre un arca, mirando cómo la dicha su ama escribía, vio como por detrás de la dicha su ama a rraíz de la pared iba una cosa blanca, y (…) dixo: “señora, mire, que va por a rraíz de la pared vna cosa blanca”. Y la dicha su ama se levantó de la silla donde estaba sentada y dixo: “el libro que tenía aquí me han llevado”. Y se alborotó mucho. E luego le fueron a buscar, y hallaron el dicho libro que tenían sobre la mesa allá dentro de un aposento debajo de la cama del dicho su amo”.

Parece que nuestro duende era un tanto glotón, ya que declara que “por muchos días en la bodega de la dicha casa ponían vna mesa con manteles, y pan, y vino, y queso en ella, y otras viandas, y de aya un rato que volvían lo hallaban comido y bebido el vino", si bien no le gustaba irse sin pagar, ya que “dos veces hallaron en la dicha mesa dos cuartos”.

Las apariciones siguieron aun con los nuevos inquilinos de la casa encantada, si hemos de creer a los mismos, Francisco García y su mujer Catalina Núñez. Así, esta atestigua que “una noche, a prima noche, estando el dicho Francisco García, su marido, acostado en la cama, esta testigo estaba abajo en la tienda del portal de la dicha casa y se subió arriba a oscuras por no estar sola. Y subía por la escalera arriba rezando en un rosario. Y a la entrada del aposento donde estaba acostado el dicho Francisco García, su marido, a la mano yzquierda le pareció (…) que la asieron del brazo y topó en vna cosa blanca. Y luego (…) se espantó y dio vn grito, y se fue a la cama, y se abrazó con el dicho Francisco Garcia, su marido, y le despertó, que estaba durmiendo, y esta testigo llorando le dixo: “ay amigo que no sé quién me asió del braço aquí”.

Finalmente, una criada de los susodichos, de nombre María, relata como Catalina López la llamó, junto a otros vecinos, para que contemplaran “unos castillos que decía que había hecho el duende. Y vio esta testigo como en el suelo de la dicha sala estaban hechos unos castillejos de naipes sobre una tabla muy puestos y muy concertados, y la dicha Catalina Núñez decía que los había puesto el duende (…) y decía que no había de vivir más en la dicha casa”.

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