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Mujer, Nobleza y Poder

Introducción

Históricamente, la mujer ha estado relegada a la categoría de esposa y madre, al mismo tiempo que se le exigía cumplir con unos ideales de belleza, virtud y obediencia, siendo eclipsada por sus tutores, padres o maridos.

A pesar de todo, algunas damas de la nobleza traspasaron el papel doméstico que tradicionalmente se les había asignado, para tomar las riendas de un linaje (una familia en sentido extenso), un territorio o incluso de su propia existencia.

Esta exposición es una mirada a personajes femeninos que ostentaron el poder, a través de documentos e imágenes que muestran diferentes aspectos de su vida cotidiana, la influencia sobre sus maridos o los gobernantes, su educación, su trasfondo devoto o su contribución cultural.

Una sociedad desigual

La sociedad estamental, característica de las edades Media y Moderna, era profundamente desigual. La mujer, relegada al espacio familiar y doméstico, quedaba al margen de la esfera pública, donde tenían lugar la pugna por el poder y la toma de decisiones.

Sin embargo, la mujer noble, al pertenecer a un estamento privilegiado, pudo disfrutar de una educación y capacidad económica muy superiores a la mayoría de sus congéneres del estado llano. Además, debido a sus relaciones sociales y sus redes familiares, estas mujeres tuvieron acceso al poder y a la Corte.

Gracias a sus privilegios, las damas nobles articularon sus propios espacios de poder, gobernando e impartiendo justicia, como mecenas y promotoras del arte, o participando activamente en la vida política y social de su época.

Árbol genealógico con retratos femeninos de la familia Castejón, marqueses de Velamazán (1589)

El acceso a la nobleza

La existencia de una élite social, como es la nobleza, viene justificada por la división de la sociedad medieval en tres grupos o estamentos: guerreros, clérigos y pueblo llano.

Durante la Alta Edad Media, la puerta de entrada a la nobleza fue a través de la contribución a la guerra y la expansión del territorio. Con el tiempo, el acceso a esta élite se fue haciendo más limitado, por lo que un individuo podía acceder a la nobleza únicamente por nacimiento o en recompensa por servicios prestados en la esfera política o militar.

Dado que la mujer se vio tradicionalmente apartada de la guerra y el gobierno, la práctica totalidad de las damas nobles gozaron de su estatus gracia a pertenecer a un linaje ilustre, dentro del cual eran consideradas portadoras de derechos sucesorios y trasmisoras de cualidades.

Estas ideas se reflejan visualmente en los árboles genealógicos, como el de la Familia Castejón, Marqueses de Velamazán, de finales del siglo XVI, que se reproduce en este panel, con retratos de las mujeres de la familia.

Dentro de este apartado ocupan un lugar destacado las concesiones de títulos nobiliarios, como el de Marquesa de Mendigorría, concedido a una mujer (María de la Paz Valcárcel) en 1846 como reconocimiento de los méritos militares de su marido y de su hijo.

También aparece en este panel el título de Condesa de Santa Isabel, creado ex novo para una mujer, en recompensa a sus propios méritos. Isabel II se lo concendió a María del Carmen Álvarez de las Asturias por su labor como camarera mayor e institutriz de su hija.

Carta astral y horóscopo de María de Salanova, hija del médico de cámara del conde de Chinchón (1665-1672)

Vida de la mujer noble

Los principales hitos en la vida de las damas de la nobleza estaban relacionados con el papel que se les asignaba desde el nacimiento. Entre la aristocracia, las mujeres eran consideradas piezas clave para la formación de alianzas familiares, por lo que eran habituales los matrimonios de conveniencia y la “endogamia de clase”, que daba lugar a enlaces entre parientes.

La alternativa al matrimonio era la profesión en religión, a través del ingreso en un convento, previo pago de la correspondiente dote.

En el ámbito social, existieron ciertos ceremoniales cortesanos y actos palaciegos que permitían a las damas obtener favores y aumentar su capacidad de influencia. Ejemplos de ello fueron la “toma de almohada”, reservada a las grandes de España, los bailes, tés y representaciones teatrales.

Especial interés tiene el estudio de la viudedad, momento en el que la mujer obtenía mayor autonomía legal, disponiendo de caudales y actuando, cuando era tutora de menores, como cabeza de un linaje y casa nobiliaria.

Existe todo un conjunto documental producido a raíz de los acontecimientos vitales más significativos de la mujer noble, como son las partidas de bautismo, las capitulaciones matrimoniales y los testamentos.

Escritura de fundación de mayorazgo de los príncipes de Éboli a favor de su hijo, Rodrigo de Silva Mendoza (1572)

Señoras de vasallos

A pesar de la exclusión social sufrida por las mujeres en el ejercicio de la política y el poder, algunas damas nobles llegaron a convertirse en las dueñas de su casa y estados. Esta circunstancia siempre estuvo relacionada con la ausencia del marido, cuando los hijos eran menores de edad, o la muerte del padre sin herederos varones, algo que no era tan excepcional, debido a la alta mortalidad en el Antiguo Régimen.

Además de recibir los mayorazgos de su linaje y los bienes a ellos vinculados, algunas de estas mujeres ejercieron el poder directo sobre territorios y villas, poseyeron castillos y cargos, administraron justicia y percibieron rentas de tributos.

Los archivos nobiliarios acumulan numerosos documentos en los que queda reflejado el papel que desempeñaron estas mujeres como señoras de lugares y personas. En este panel se reproduce la “Escritura de fundación de mayorazgo de los Príncipes de Éboli a favor de su hijo”. Ana de Mendoza, princesa de Éboli, fue una de las mujeres más poderosas e influyentes en la corte de Felipe II. Hija única, fundó junto a su marido un mayorazgo con diversas propiedades pertenecientes a ambos, a favor de su primogénito.

Carta de fraternidad con los dominicos, concedida a favor de Leonor Manrique de Castro (1533)

Obras pías, beneficencia y filantropía

Tradicionalmente, la educación de hombres y mujeres estuvo diferenciada. Las peculiaridades de la educación femenina venían definidas por el papel que se esperaba la mujer cumpliera en su vida adulta, normalmente en relación con la virtud cristiana, por lo que las niñas nobles crecían en una atmósfera de imágenes y prácticas devocionales.

El poso de esta educación, junto a las posibilidades económicas y las estrechas relaciones entre nobleza e iglesia, propició que un buen número de damas nobles destinaran importantes recursos y esfuerzos a la dotación y fundación de instituciones religiosas, benéficas y de asistencia a los necesitados.

Además, en muchos casos, estas nobles ingresaban en los conventos fundados por ellas mismas o sus antepasados, llegando a ocupar importantes puestos en su gobierno.

En este panel se reproduce la “Carta de fraternidad otorgada por los dominicos a favor de Leonor Manrique de Castro” en 1533. Este preciado documento concedía a esta aristócrata los mismos favores espirituales que tenía una monja profesa en un convento dominico, haciéndola beneficiaria de todas las oraciones, oficios, penitencias, trabajos y demás bienes espirituales hechos por la orden.

Privilegio rodado por el que Enrique III confirma una merced a favor de su aya, Inés Lasso (1392)

Influencia política y militar

A pesar del rechazo a la participación de la mujer en los asuntos de gobierno, en muchas ocasiones éstas ejercieron un poder fáctico informal, a través de la influencia sobre reyes y gobernantes.

Los espacios preferidos para el despliegue de esta influencia fueron el palacio y la Corte, donde las damas ejercieron como meninas, camareras, ayas y damas acompañantes de reinas e infantas. En calidad de esposas, madres o hijas de ministros, también estuvieron presentes en consejos, virreinatos y embajadas, donde gozaron del favor real y del acceso a información privilegiada.

En este panel se reproduce el “Privilegio rodado por el que Enrique III confirmó una merced a favor de su aya, Inés de Lasso”. En el año 1392 la viuda Inés de Lasso de la Vega pedía al joven Enrique III que le confirmara el privilegio concedido por su padre, Juan I, a ella y a su marido, de la donación de varias villas, en agradecimiento por su buen hacer como cuidadores del Príncipe de Asturias. Inés había sido nodriza y aya del príncipe, es decir, lo había criado y le había dado su primera educación, por lo que entre ambos se creó una relación cercana al parentesco.

Planta de la capilla de Santiago, de la catedral de Toledo, con los sepulcros de Álvaro de Luna y Juana Pimentel (1579)

Cultura, patrocinio y mecenazgo

Entre las mujeres nobles, la financiación de obras artísticas, literarias y musicales fue una forma de fomentar tanto su reconocimiento social como el de su linaje. Además, esta forma de ejercicio del poder estaba socialmente aceptada como “femenina”.

Desde la Edad Media, las instituciones religiosas fueron las principales beneficiarias del patrocinio de las damas nobles, que tan a menudo financiaron la construcción de templos, monasterios y capillas. Más tarde, el Renacimiento propició el acceso de las aristócratas a la cultura a través del coleccionismo, la lectura y el mecenazgo artístico.

Estas prácticas culturales, además de ser una emulación de las que llevaban a cabo en la Corte, favorecieron el establecimiento de redes clientelares entre artistas y aristócratas. Mientras que aquellos obtenían ventajas económicas, ellas disfrutaban de una mayor proyección social.

Podemos ver reproducido en este panel el dibujo de la “Planta de la Capilla de Santiago, de la Catedral de Toledo, con los sepulcros de Álvaro de Luna y Juana Pimentel”. La viuda del Condestable Álvaro de Luna, se empeñó en la finalización de la capilla funeraria de su marido, con el objetivo de rehabilitar su figura, estando considerada como uno de los más bellos ejemplos de la arquitectura gótico-flamígera.

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