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En clave personal

Los procesos de cambio, transformación y ruptura referidos a las mujeres no han sido únicamente aquellos visibles en el ámbito de lo público. En la esfera de lo privado, de lo íntimo, aquél en el que las sociedades patriarcales relegan a las mujeres, éstas han vivido también procesos adversos de cambio y de permanencia.

La casa ha sido, durante siglos, el enclave personal de las mujeres, el lugar en el que se les otorgaba pleno protagonismo al tiempo que padecían una impuesta reclusión. En este hecho se manifiesta con claridad la adversidad: las mujeres, en el momento de contraer matrimonio, pasan de la tutela paterna a la del marido. Sus derechos habían quedado, hasta etapas muy recientes en las sociedades occidentales, supeditados a la figura del padre o del esposo. El matrimonio ha llegado a ser, y es aún en numerosas culturas, un rito de paso en que las mujeres no han tenido ni tan siquiera la posibilidad de decidir. La maternidad, la necesidad de perpetuar la especie, ha forzado al género femenino a vivir recluído en el ámbito del hogar. Y lo que es peor, esta vinculación de las mujeres al mundo doméstico en el que desarrollaban trabajos no remunerados, las dejaba desamparadas en el momento en que el marido fallecía o bien estaba ausente. La viudedad les abría un camino de incertidumbre: la adversidad se perpetuaba con la búsqueda de la supervivencia y, en consecuencia, les abocaba a la aparición forzada en unos ámbitos públicos dominados por el género masculino.

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